El Príncipe y la cabrona




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A los que sobrevivieron a relaciones tóxicas, aman la vida, no saben por dónde tirar, prefieren conciencia versus comodidad, llevan mal la adolescencia psíquica, adoran a Peter Pan y sienten miedo ante Garfio, a quienes saben marcar territorio, y ni flores…sobre todo a las mujeres que les cuesta el no, y aman ciegamente.

El era el príncipe. Lo decía su capa de raso, aunque bien visto, colgaba un poco de más. También el sombrero de pluma…¿pluma?, no he dicho nada. En cuanto a las botas, le sobraban un par de números, tal vez en las rebajas… ¡Bah! tonterías, nimiedades sin importancia.
El era el definitivo. El príncipe que había encontrado tras besar tantas ranas. Se lo había vaticinado su tía abuela, “muchas son las ranas que besarás antes de encontrar al Príncipe”. Y por cansancio quizás, aceptó ponerse las lentes de no ver (se llama denegación y es un mecanismo de defensa que consiste en quedarse con lo que uno sueña, negando lo que hay, sólo hay que cortarse las alas de la percepción varios centímetros, y tirar palante con gafas a lo Martirio).

En cuanto descubrió que El era quien se imaginó, desplegó, todos los encantos aprendidos en la Escuela de la Mujer Descomplicada. Servir el café con leche como una geisha. Ser más silenciosa que una monja de clausura. Borrar el no del diccionario. Poner cara de poker o de gacela drogada cuando se trataba de tomar unas vacaciones, una entrada de cine o más fácil, el té.
Hasta que un día el dragón interior la poseyó y del fuego de hasta aquí hemos llegado, nació un no me da la gana como un castillo. Había nacido la cabrona. Que se extendió a todos los campos de su vida. Impidiéndole a partir de ese momento vivir amordazada, ser manipulada como una Barbie, estar poseída por el deseo del otro, deformada e irreconocible en su actitud de ser aceptada a toda costa por todo quisqui. Entró a saco Robocop desplazando a Wendy. Apareció alguien rebelde como un huracán, y más con los pies en la tierra que Miss Maruja 2010.

Emergió un ser altamente respetable porque no toma pastillas para dormir sino decisiones, sabe poner límites, confrontar y no quedarse a partir un piñón cuando no toca, ser sincera con lo que hay sin proyectar lo que ya es, idealizando a todo bicho viviente(de hecho sólo vemos en el otro, lo que somos, aunque sea en potencia).

Cuando le decimos no a alguien, estamos diciéndole sí a nuestro ser. Sentirse culpable indica “me estoy teniendo en cuenta”. Hay que pasar por ahí, sabiendo que el otro tiene derecho a su cabreo, más irracional, cuanto más narcisista. Saber pedir lo que se necesita, es tener la función yo, el sentido de la realidad, bien puesto.

El origen de todos los conflictos está en no saber lo que se siente, no decir lo que se quiere, y no hacer lo que se dice. Desconectarse.

El remedio sería ser astutas como serpientes y cándidas como palomas al mismo tiempo.
Tomar este “medicamento” varias veces al día, siendo solidarias a la par que lúcidas, inocentes y sobre todo presentes, en ese continuo de conciencia tan delicioso que es vivir, si entramos en lo que pasa con pies de plomo y sin ideas preconcebidas.

Le oí a un colega sabio decir,”si conseguimos hacer reír a un paciente, el 70 % del trabajo ha sido hecho”.La neurosis es no contemplar una segunda opción, sería algo así como sentirse en un día lluvioso en Londres aunque se esté bajo el sol de Hawai. La risa ayuda a descomprimir.
Aunque escrito en clave de humor, esto no es un cuento, sino un reconocimiento a todos los valientes, incluyo a los hombres, también vienen a terapia, los que vienen, que han sabido crear un mundo mejor sacando a paseo su dragón sin bozal ni nada.

A todos los que he acompañado con mi trabajo en su viaje de llegar a ser por fuera, lo que ya eran en un grito de cabreo amordazado por dentro. ¡Ole…!

“La gran mayoría de las decisiones importantes son desastrosas, caóticas e intensas, porque requieren tanta energía como la que se usa en la negación” -G.Borja-.